Juan Moreira
Juan Moreira Los indios lanzaron un alarido de espanto, y dos de ellos cayeron del caballo, mortalmente heridos por el disparo de aquella especie de ametralladora.
Los otros tres dieron vuelta bridas precipitadamente, completamente acobardados por aquella recepción inesperada, y sujetaron la carrera de los caballos como a las treinta cuadras, desde donde se volvieron a ver qué hacía el paisano, si los perseguía o seguía su camino.
Moreira se acercó a los indios caídos y los examinó con una prolijidad especial.
Uno de ellos estaba muerto, la carga íntegra de uno de los trabucos la había recibido en pleno pecho. El otro había recibido un recortado en la parte alta de la cabeza y dos en el brazo derecho cerca del hombro.
Los caballos de los caídos, con esa mansedumbre especial del caballo pampa, habían quedado parados a corta distancia, sintiéndose libres del peso del jinete.
Moreira se acercó a ellos, y considerándolos buenos, los incorporó a la tropilla y montó sobre el overo bayo, que no se había movido, habituado al estampido de los trabucos.
Y siguió la marcha arreando su tropilla recientemente aumentada, sin hacer caso del enemigo que dejaba a la espalda, en la seguridad especial de que no lo había de seguir.