Juan Moreira

Juan Moreira

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—Esto es para enseñarle a no meterse con quien no conoce —le dijo dándole con el pie—, y ustedes —agregó, dirigiéndose a los paisanos—, pueden llevar a ese guapo.

Los paisanos levantaron al Pato y lo entraron a la pulpería, donde empezaron a curarle como Dios los ayudó, la larga herida que tenía sobre la frente.

El golpe dado por Moreira, con el pesado cabo de plata del rebenque, había sido terrible, que acusaba la poderosa fuerza muscular del paisano.

El hueso frontal estaba roto en una extensión de ocho centímetros y el cuero que lo cubría completamente deshecho y hundido, mezclándose al cabello y las partículas de hueso.

Para salvar al Pato picaso habría sido necesario que un cirujano le hubiese extraído aquellos huesos, para impedir que cayeran en la masa cerebral produciéndole la muerte.

Los paisanos le mojaron la herida con caña y le ataron la cabeza, poniéndole un pañuelo empapado en aquella bebida, pero todo fue inútil.

Aquel hombre no volvió del desmayo ocasionado por el golpe, desmayo eterno, pues su cuerpo se fue enfriando poco a poco hasta que a la madrugada era cadáver.

Moreira se había vuelto a echar sobre la manta indolentemente, y allí pasó la noche dormitando algunos minutos, y durmiendo profundamente otros.


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