Juan Moreira

Juan Moreira

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Moreira sonrió y comunicó a los paisanos que había resuelto desde ese día no tolerar nada.

Así pasaron algunos meses, sin que el gaucho fuese molestado de nuevo; parecía que se hubiera olvidado lo pasado, y la alegría había vuelto a renacer en el rancho de Moreira.

Sin embargo, desde aquel día en que fue expulsado del Juzgado de Paz, Moreira cambió su cuchillo de trabajo por una lujosa daga, que sólo usaba en los días de combate con los indios y a la que había afilado con sumo esmero.

Así pasó el tiempo; se cambió el juez de paz, que no removió a la mayor parte de alcaldes y teniente alcaldes, entre los que quedó el amigo Francisco; pero Moreira no fue molestado. Parece que el amigo Francisco había cambiado de táctica o había sabido lo que para el porvenir debía esperar de Moreira, y tuvo miedo.

El gaucho tuvo un hijo, que vino a absorber su cariño y todo su tiempo; la lujosa daga cayó de su cintura para dejar sitio a la cuchilla de trabajo, y la antigua alegría volvió a sentar sus reales en el humilde rancho.

Los bailes renacieron, la guitarra volvió a sonar y la magnífica voz del gaucho volvió a escucharse cantando hermosas décimas y picarescos pies de gato.


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