Juan Moreira
Juan Moreira Llegó la siesta tumbando a la mayor parte de los concurrentes, que se pusieron a dormir a pierna suelta; pero Moreira, que no había querido beber con exceso, seguía con la guitarra, y aquello amenazaba no concluir en tres días, pues ya se habían organizado carreras y juegos de taba para el día siguiente.
Moreira tenía dinero en abundancia y pagaba religiosamente al fin de cada vuelta, lo que tenía al pulpero completamente dominado y fuera de sí.
En vista de la buena paga, había pelado una cañita de durazno que los paisanos saboreaban con descomunales chasquidos de lengua, prodigando mil elogios al pulpero, por cuya salud brindaban de cuando en cuando, dedicándole algunas payadas y relaciones que se echaban.
Por fin, uno de los últimos paisanos que habían caído a eso de las tres de la tarde, trajo una novedad que descompuso el baile.
La partida de plaza había salido aquella mañana en busca de Moreira, con orden de recorrer todo el partido y matarlo dondequiera que lo hallaran, pudiendo alegar después que se había resistido a la autoridad, como siempre, a mano armada.
—Pues se irán como han venido —dijo Moreira, preludiando un gato—, y soy capaz de pelearlos a zurdazos y con el rebenque. La única lucha en que podría esmerarme es con vigilantes del pueblo, y éstos, que yo sepa, todavía no han salido a buscarme.