Juan Moreira
Juan Moreira —Pues, amigo, dispense —agregó Navarro—; pero traigo orden del Juez de Paz de prenderlo y, con su permiso —concluyó, queriendo echar mano a la rienda del overo—, sÃgame.
Un relámpago de soberbia brilló en la pupila del gaucho, que recogió la rienda del overo haciéndolo retroceder, y con altanerÃa suprema dijo:
—Vamos por partes, amigo, que yo no soy mancarrón para que me hagan parar a mano, ni soy candil para que asà nomás me prendan.
—Es inútil hacer resistencia —dijo Navarro con gran calma—; me han mandado que lo prenda y tengo que cumplir la orden sin remedio, conque dése preso.
—¡Y qué facilidad, canejo! —respondió Moreira sonriendo—; ni mi tata que fuera para hablar asà —y con gran arrogancia sacó uno de los trabucos.
—¡A él! —gritó Navarro sacando su sable—. ¡Cuidado de no matarlo, que he de llevar vivo a este maula! —Y todos cargaron a una.
Moreira tendió el brazo al montón de milicos y disparó su arma terrible, partiendo en seguida a toda la carrera del overo.
—¡Que no se vaya! —gritó de nuevo Navarro, lanzádose sobre Moreira al débil galope del patria, sin fijarse que el disparo del trabuco le habÃa volteado un hombre.