Juan Moreira

Juan Moreira

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Moreira, atendiendo, más que a la propia, a la fatiga de su caballo, preparó su golpe favorito, y cuando menos lo esperaba Navarro, hundió sobre su frente la terrible daga, que penetró hasta el hueso, produciéndole una herida de más de tres centímetros, por la que empezó a salir abundante sangre, que enceguecía al sargento al caer sobre los párpados.

Navarro soltó una enérgica maldición y cayó de nuevo sobre Moreira desesperadamente, con un golpe supremo, pero Moreira evitó el hachazo, bandeando a su vez el brazo derecho de su adversario, con una puñalada hasta la S.

Al sentirse herido Navarro de una manera que le inutilizaba el brazo abandonó la rienda del caballo y tomó el sable con la mano izquierda.

—¡Ah, hijo del país! —exclamó Moreira entusiasmado con aquel rasgo de valor—. ¡Así me gusta un tirano! —y sin dar tiempo a Navarro a hacer uso de su sable, se lo arrancó de la mano con un movimiento vigoroso, diciéndole al mismo tiempo:

—Con Dios, mozo lindo; yo no sé matar hombres guapos —y volvió su caballo al lado derecho, en momentos que el patria venía al suelo, arrastrando en su caída al desventurado sargento.

Moreira se retiró algunos pasos, echó pie a tierra y, después de arrojar el sable y guardar su daga, se acercó a Navarro, que había quedado exánime.


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