Juan Moreira
Juan Moreira Levantó al herido y, haciéndose ayudar por los asombrados testigos de aquella lucha, lo condujo al interior de la pulpería, donde lo reconoció con prolijidad.
Navarro estaba desvanecido por la pérdida de sangre, pero sus heridas no eran mortales.
Moreira las lavó con caña, perfectamente; hizo un prolijo vendaje en la frente con el pañuelo que llevaba al cuello y metió en la herida del brazo el terrible tarugo de trapo quemado que usan los paisanos para estancar la sangre en las heridas calificadas de puñalada.
Concluida esta curación, abrió la boca de Navarro y con la suya propia le echó adentro un trago de caña para entonarlo.
En seguida se sentó al lado del catre y se puso a mirar al sargento con una verdadera expresión de cariño.
Era el valor subyugado por el valor. Si Navarro, después de sus promesas, se hubiera batido flojamente, Moreira lo hubiera muerto o se habría burlado de él de una manera sangrienta; pero Navarro se había batido como un valiente, había sido vencido con bravura, y Moreira se había sentido cautivado.
Ya hemos dicho que el valor es la prenda que más se estima entre los paisanos.
Moreira permaneció todo el resto de la tarde y de la noche atendiendo a Navarro con una solicitud verdaderamente paternal.