Juan Moreira
Juan Moreira Este habÃa despertado después de medianoche y contemplaba silencioso y agradecido los cuidados que le prodigaba aquel hombre tachado de bandido a quien él viniera a prender.
—Gracias, paisano —le habÃa dicho varias veces—. Usted es un hombre a carta cabal, y ya no extraño todas las proezas que de usted me habÃan contado.
Moreira habÃa sonreÃdo tristemente ante aquel cumplimiento, diciendo que con aquello no hacÃa más que cumplir con su deber, pues un valiente lo merece todo.
Y asà pasó la noche, sin separarse del catre donde yacÃa Navarro, sino el tiempo necesario para dar de comer a su caballo y a su perro.
Cuando empezó a aclarar y el poncho de los pobres se asomó en el cielo hermosÃsimo, Moreira cinchó su caballo y se puso a hacer los preparativos de marcha.
—Yo me voy, compañero —dijo—, pero antes es preciso que hagamos la mañana, pues tal vez no volvamos a vernos. Yo no tengo el cuero para negocio y alguna vez ha de ser la buena.
—No habiéndole prendido yo —dijo débilmente Navarro—, lo que es a usted no lo prende nadie, a no ser que lo agarren dormido o a traición.
—Dios le oiga, amigo —dijo Moreira, despidiéndose de todos y pagando todo el gasto que habÃa hecho. Salió, montó en su caballo y tomó al trotecito el camino de Navarro.