Juan Moreira
Juan Moreira Volvió sombrío a su rancho y se ocupó esa noche en concluir un par de lujosas riendas trenzadas, verdadero primor gaucho, que hacía días fabricaba para su Juancito que, aunque recién caminaba, ya lo acompañaba en sus paseos, a las cabezadas de su recado.
Vicenta había engrosado.
La felicidad había corregido las suaves líneas de su cara oval y bondadosa, y era una hermosa paisanita, cuyo más inmenso placer consistía en peinar los negros rulos y la sedosa barba de Moreira.
Por aquellos tiempos Moreira tuvo necesidad de dinero para efectuar una compra de haciendas baratas, y pidió al amigo Sardetti los diez mil pesos que le prestara hacía más de un año.
Sardetti pidió espera porque los negocios no andaban muy católicos, y Moreira accedió sin vacilación, suplicando que le efectuara el pago lo más pronto posible, por aquello de que «la necesidad tiene cara de hereje».
Así pasaron dos meses.
Moreira siempre cobrando y el almacenero siempre pidiendo esperas y alegando que no tenía ni aun mil pesos que poderle dar a cuenta.
Moreira fue perdiendo la paciencia poco a poco, hasta que un día hizo presente al deudor que si no le pagaba los diez mil pesos se iba a ver en la necesidad de demandarlo.