Juan Moreira

Juan Moreira

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Un estremecimiento de terror experimentaron las demás personas, creyendo que aquello sería el prólogo de algún drama sangriento, y el mismo dueño de casa se acercó a Moreira, como pidiéndole un poco de prudencia, pero el gaucho sonrió, mirándolo como quien dice: «No tenga usted el menor cuidado, que no ha de suceder nada malo».

Al oír lo que Moreira le dijera, el hombre se paró asegurando que no tenía miedo, pero volvió a caer sobre la silla, completamente dominado por el alcohol.

—¡No ve, amigo! —dijo Moreira alegremente—. No puede con el peso de la tranca y se quiere meter a fundillos grandes sin tener con qué alegar.

—Para un maula como usted —replicó el buscapleitos—, siempre me sobrará talero, y si quiere que nos veamos las caras, puede ir saliendo cuando guste.

—Está usted demasiado mamado para hacerle el gusto —concluyó Moreira— y para chacota esto es largo. ¡Cállese, pues, la boca y deje bailar a la gente! Aquel hombre, en vez de escuchar las sensatas palabras del paisano, desnudó la daga y se vino sobre él, dando sendos traspiés y tropezones, tal era la flojedad de sus piernas.

Varios de los concurrentes quisieron detenerlo antes que llegara a donde estaba Moreira, pero éste se paró gritando:


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