Juan Moreira
Juan Moreira Eran las dos de la tarde más o menos, cuando los vigilantes mandados por don Pedro Berton, la partida de la plaza mandada por don Eulogio Varela, y el comandante Bosch, a cuyas órdenes iban todas las fuerzas, y varios vecinos de Lobos, entre ellos el joven Gabriel Larsen, llegaban cautelosamente a La Estrella.
Unos cuantos soldados de la partida a caballo y algunos vigilantes a pie quedaron del lado de afuera rodeando el edificio, mientras el resto entraba al patio.
El dueño del establecimiento dijo ignorar dónde se hallaba Moreira y el registro de la casa empezó a llevarse a cabo con suma prudencia y minuciosidad.
A donde primero se dirigió la gente fue a una pieza cuya puerta entornada dejaba ver un paisano que dormÃa profundamente; en una silla, al lado de la cama, se veÃan sobre un chiripá de paño dos grandes trabucos de bronce y una lujosa daga de larga y filosa hoja.
—Se acabó Juan Moreira —pensaron los soldados entrando a la pieza sin hacer el menor ruido y apoderándose de aquellas armas que debÃan ser tan terribles en manos de su dueño, a quien despertaron de pronto apuntándole al pecho con dos rifles, y ordenándole que se entregara preso.
Inmensa fue la agonÃa que cruzó como un relámpago por la mirada de aquel hombre al ver sus armas en manos de aquellos soldados que le apuntaban al pecho.