Juan Moreira
Juan Moreira No siendo bastante la espada, tenÃa que volcar el cuerpo a uno y otro lado, para evitar los hachazos que le dirigÃa a la cabeza, cualquiera de los cuales, recibido, le hubiera partido el cráneo.
Varela habÃa logrado herirlo levemente y los soldados, medio avergonzados, volvieron a la carga, animados por la voz de Berton, que perdÃa abundante sangre por la herida recibida.
Moreira saltó entonces al medio del grupo que le acometÃa, esgrimiendo su magnÃfica daga con una pujanza sobrehumana, llevando la muerte allà donde con ella tocaba.
Fue magnÃfica la apostura de aquel hombre. ProtegÃa el cuerpo con la manta envuelta en el potente brazo, y acometÃa recio y deseoso de terminar con todos.
Su pupila fosforecente lanzaba intensos rayos de cólera cuyo contacto abrasador acobardaba a sus enemigos, que retrocedÃan cediéndole el terreno palmo a palmo.
Los dos oficiales que mandaban aquella tropa iban perdiendo el ánimo, a medida que por sus heridas brotaba la sangre abundantemente y se veÃan abandonados por la tropa.
—¡Campo!, ¡campo, maulas! —gritaba Moreira; y los vigilantes retrocedÃan aterrados y los soldados de la partida daban vuelta la espalda, porque cada vez que el paisano pedÃa campo cargaba de firme esgrimiendo su daga, que amenazaba a un tiempo todos los pechos.