Juan Moreira
Juan Moreira El patio fue asà conquistado ladrillo por ladrillo y Moreira se detuvo por fin, jadeante, y respiró con inmenso placer el aire tibio de la siesta.
En ese momento Julián Andrade, haciendo un esfuerzo poderoso, habÃa logrado deshacer sus ligaduras y corrido a la calle buscando su caballo.
¡Vana esperanza! Apenas pasó el umbral de la puerta, desarmado como iba, fue acometido por los que rodeaban el edificio y herido de dos hachazos en la cabeza.
Andrade cayó esta vez completamente postrado; fue amarrado fuertemente y entrado de nuevo a la casa, donde se llevó un nuevo ataque a Moreira.
Este estaba en el medio del patio fatigado por la larga lucha, pero sereno y tranquilo como si ningún peligro lo amenazara.
Su sedoso y negro cabello estaba pegado a la altiva frente por el sudor que le corrÃa y por la sangre que, en pequeña cantidad, brotaba de una ligera herida de sable que habÃa recibido en el hueso frontal sobre la ceja derecha.
Su pecho valeroso se levantaba y bajaba a pulsos de la respiración fatigosa, pero en sus labios desdeñosos no se habÃa apagado aquella eterna sonrisa.