Juan Moreira
Juan Moreira ¿Qué extraño pensamiento había detenido su daga con la fuerza de un brazo humano? ¿Qué lo había hecho hacer un paso atrás en el momento de herir?, ¿había tenido miedo?, ¿se había arrepentido? No, Moreira había cedido a un sentimiento de hidalguía; había visto al pulpero desarmado y no se había atrevido a herir, porque no había ido allí a cometer un asesinato ni a dar muerte a un hombre indefenso.
Cuatro o cinco segundos duró apenas la vacilación de Moreira, que viendo inmóvil aún al pulpero, le dijo de la manera más natural del mundo:
—¿Qué haces que no te defiendes?, ¿o quieres que te degüelle como a un peludo?
—No tengo armas —respondió Sardetti—, y aunque las tuviera, esto será siempre un asesinato.
Moreira arrebató a uno de los paisanos el puñal de la cintura, y arrojándolo a los pies del pulpero, se preparó a herir.
Sea que la cobardía de Sardetti fuera porque no tenía armas realmente, fuera que comprendiese que sólo matando al gaucho podía escapar a aquel peligro de muerte, al verse dueño de un cuchillo sus ojos brillaron y desapareció por completo su aspecto de terror y de víctima resignada.
Empuñó la daga y esperó alerta el ataque, que debía ser impestuoso.