Juan Moreira
Juan Moreira Aunque Moreira metió el poncho, aunque quebró su cuerpo como una vara de mimbre, la punta del puñal de Sardetti, pasando a través de los pliegues del poncho, fue a herirlo levemente en la tetilla izquierda.
—Ahora ya no te tengo asco —gritó Moreira al sentir sobre su pecho el frÃo de la daga, y, bajando la cabeza y subiendo hasta la altura de sus ojos el antebrazo izquierdo de que colgaba su poncho, entró a Sardetti por el costado izquierdo con tal Ãmpetu, que le sepultó allà la daga por completo.
Sardetti lanzó una especie de quejido sordo, dejó caer la daga de su mano, y vaciló sobre sus pies.
Entonces, como un relámpago, como una máquina de muerte, Moreira le dio nueve puñaladas más: tres en el pecho, cuatro en el vientre y dos en el costado, arriba de la primera.
Sardetti cayó pesadamente, sin pronunciar una palabra, sin proferir un acento de dolor; parecÃa que la primera puñalada le habÃa dado muerte y que las otras las habÃa recibido en el intervalo que tardó en caer.
Moreira contempló un segundo el cadáver de Sardetti, miró a los paisanos que no habÃan vuelto de su estupor y salió de la pulperÃa diciendo:
—Ahora, que se cumpla mi destino.
Fue hasta el palenque, desató su caballo y se le sintió alejarse al trotecito, como si quisiera aclarar sus ideas antes de llegar al paraje a que se encaminaba.