Juan Moreira
Juan Moreira Asà llegó a su rancho, donde era esperado con una ansiedad profunda.
Su suegro, hombre práctico en la vida, habÃa adivinado con esa mirada clara del paisano que su yerno salÃa para algo grave; lo comprendÃa por los sucesos anteriores y por los aprestos que hizo aquél antes de dejar su rancho.
—No se hacen estas cosas con un hombre de su temple —habÃa dicho el buen viejo—, tanto se baraja el naipe que al fin se gasta, y mi Juan va a hacer uno de estos dÃas una hombrada que los va a dejar fritos.
Vicenta interrogaba a su padre, llorosa y espantada, al ver el triste ademán con que el paisano trataba de consolarla.
—Vaya usted a buscarlo, tata —decÃa agarrando las manos del paisano—, vaya a buscarlo, porque se me ha puesto que Juan ha ido a matar al amigo Francisco, que asà se ha puesto a perseguirlo.
—Lo que Juan haya ido a hacer —replicaba éste—, lo hará aunque se mezcle el diablo. Cuando él ha salido asÃ, es que no ha de tardar en venir —y el viejo sonreÃa tristemente, porque estaba persuadido de que Moreira se habÃa ido a matar a media justicia, empezando por don Francisco.
—¿Y si lo matan, tata? —habÃa preguntado Vicenta en el colmo de la desesperación.