Juan Moreira
Juan Moreira —No hay quien haga esa gauchada —contestó el paisano—; para matar a Juan tendrán que juntarse dos partidas.
Y era tal la profunda seguridad que tenÃa el viejo en el coraje y en la vista de Moreira, a quien amaba con toda la sencillez del gaucho, que al decir aquello habÃa infundido valor al decaÃdo espÃritu de Vicenta.
En esta conversación estaban padre e hija, cuando relinchó el overo bayo, relincho que arrancó un grito de placer a Vicenta, y que despidió al buen viejo de la silla en que se hallaba sentado.
Cuando se asomaron al alero del rancho, ya Moreira habÃa atado su parejero al palenque, y se sentÃan en dirección al rancho sus conocidas pisadas, acompañadas del metálico ruido que produce la rodaja de la espuela.
El paisano abrazó tiernamente a Vicenta y estrechó la mano tosca de su suegro, en un apretón que fue la narración de todo lo que hiciera.
Su suegro lo comprendió asà y guardó silencio; bajó la cabeza y quedó en actitud pensativa.
Moreira estaba sereno, pero en su mirada hermosa se podÃa ver la tempestad que cruzaba su espÃritu varonil.