Juan Moreira

Juan Moreira

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—Me voy del pago, tata viejo, por unos días, mientras pasa el alboroto. He matado sólo a Sardetti porque no encontré en su casa a don Francisco, pero no por mucho madrugar amanece más temprano; ya le llegará su turno.

Y era verdad; antes de ir a su rancho, Moreira había estado en casa del amigo Francisco; pero éste no estaba allí, había ido al juzgado a dar cuenta de la cepiada, anticipándose al paisano como la vez primera.

—Es preciso, tata viejo, que usted me cuide a Vicenta y a Juancito, que son prendas suyas también; sabe Dios cuándo pegaré yo la vuelta y no es justo que ellos pasen trabajos por mí. Yo me voy, así como a la madrugada, y antes de rumbiar el camino hablaré con mi compadre Giménez.

Moreira pasó la noche en su rancho, conversando indiferente de los trabajos del campo y tratando siempre de ocultar a Vicenta lo sucedido, que ya lo adivinaba por haber visto la empuñadura de su daga con sangre y su poncho de vicuña desgarrado en varias partes y manchado también de sangre.

Al rayar el alba, Moreira se mudó de ropa, sujetó en el tirador una pistola de dos cañones y revisó con una prolijidad asombrosa la montura de su overo bayo, a cuyos tientos ató una cantidad de «vicios», como cuando salía con la guardia nacional en persecución de indios.


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