Juan Moreira
Juan Moreira Volvió a las casas, besó a su mujer en la boca, estuvo mirando largo rato a su hijito que dormÃa, y oprimiendo la mano de tata viejo, saltó sobre el overo bayo, que se perdió un instante después por entre los alfalfares y alambrados.
Moreira caminó asà un cuarto de hora, con la cabeza inclinada sobre el pecho, el brazo derecho caÃdo sobre las vueltas del lazo trenzado, y la mano izquierda con las riendas llevadas al acaso, apoyadas sobre las cabezas del recado.
¡Sabe Dios el mundo de angustias que en esos momentos cruzaba por su espÃritu! La vida de martirio habÃa empezado para él; sabÃa que el resultado de su acción era la frontera, como sabÃa explicárselo en su rudo pensamiento, que la frontera era su muerte civil, aprendizaje que habÃa hecho con el ejemplo de mil gauchos desgraciados que habÃan hecho igual suerte.
Y lo que Moreira habÃa hecho aquella noche no era sino la mÃnima parte de su sangriento plan.
La muerte de Sardetti, su cadáver, era el reto de muerte que dejaba allà a la justicia de paz, cuyas partidas saldrÃan en su persecución a disputarle sus pies para una barra de grillos y su cuerpo para engrosar un contingente.