Juan Moreira
Juan Moreira Este último pensamiento fue sin duda lo que iluminó entonces su soberbia cabeza, que irguió con una altanería imponderable; sujetó la marcha del magnífico animal, divisó el campo con su vista de águila y, no percibiendo persona alguna, hizo cambiar de frente al caballo, se empinó sobre los estribos y permaneció inmóvil.
¿Qué miraba el paisano que lo hacía palidecer tan intensamente? ¿Por qué en la punta de sus negras pestañas se veían relucir gotas de llanto, semejantes a las gotas de rocío que a esa hora se podían ver en cada hoja de las flores y pastos silvestres? El hundía su mirada en el horizonte, hasta llegar con ella a su rancho, que hubiera parecido un pequeño punto blanco para cualquier otra mirada que no fuera la mirada escudriñadora de un paisano.
Miraba su rancho, que era todo su mundo, pensando que tal vez lo dejaba para siempre, sin volver a ver aquellos seres queridos de su corazón, o para verlos de nuevo en una situación vergonzosa.
El gaucho cayó a plomo sobre el recado, como cediendo al peso de su pensamiento; dos lágrimas rodaron sobre su barba, quedando allí brillantes y temblorosas; arrojó con la punta de sus dedos, en dirección al rancho, un beso de despedida, y bajó la rienda sobre el cuero del overo bayo cerrando sus flancos con las espuelas.