Juan Moreira
Juan Moreira —Ahora mismo me voy a Matanzas —concluyó Julián—, y mañana a estas horas tendrá usted noticia de lo que por allá haya sucedido; hoy por mà y mañana por ti. Puede descansar a su gusto, amigo, que yendo yo es lo mismo que si usted fuera.
Moreira oprimió entre las suyas las manos del paisano, y salió con los otros a la puerta a despedir al amigo Julián, que saltó sobre su caballo y se perdió entre el follaje de los árboles; ni siquiera habÃa alzado su chuspa que se veÃa sobre un viejo baúl.
Moreira fue obsequiado con un churrasco que ni siquiera probó: estaba abatido por la idea de su mujer y su hijito, a quienes se imaginaba que habÃan conducido al juzgado y maltratado para averiguar su paradero.
Por momentos sentÃa deseos de montar a caballo e ir a buscarlos, pero se acordaba de su venganza y, al pensar que ésta pudiera desbaratarse, se sentÃa clavado en su sitio.
El paisano tomó la guitarra y se puso a preludiar un triste, pero la arrojó en seguida lleno de hastÃo; estaba dominado por el pensamiento fijo en su rancho y en los seres queridos que allà habÃa dejado.
Los paisanos que en el rancho habÃan quedado respetaban su silencio, dejando oÃr sólo de cuando en cuando el ruido caracterÃstico que produce la bombilla al absorber del mate los últimos vestigios de agua.