Juan Moreira
Juan Moreira Cuando Moreira levantó la cabeza y se sentó sobre su recado, ya la primera luz del alba empezaba a dibujarse entre las últimas sombras de la noche.
Los pajaritos entonaban sus cantos matutinos al abandonar sus nidos y las ovejitas balaban en diversos tonos, al ver abiertas las puertas del corral, que para ellas presentaban la perspectiva del bocado de trébol humedecido por el cristalino rocÃo de la noche.
El que no ha visto en el campo el despertar de la naturaleza en los primeros minutos de la mañana, no ha visto la obra más asombrosa de la creación, que pinta la grandeza del Creador del Universo en la más miserable de sus manifestaciones: desde el leve temblor del cogollo de pasto que se mueve a impulsos de la mansa brisa, hasta el alegre relincho del caballo que saluda a su dueño al verlo aproximarse a la estaca que lo aprisiona durante la noche.
Hay, en esta hora suprema de la mañana, una música inexplicable que brota de todas partes y que conmueve nuestra alma como una caricia maternal que recibiéramos al abrir los ojos.
Luego aparece el primer rayo que irradia el sol, el poncho de los pobres, y que aprovecha el ave tendiendo su ala sobre la tierra como para secar el rocÃo de la noche, y la naturaleza toma un nuevo vigor en sus manifestaciones de la vida, como para saludar alegremente al astro divino de la mañana.