Juan Moreira
Juan Moreira Moreira oprimió entonces su cabeza y aspiró con placer aquel aire, recibiendo sobre su frente enardecida el primer rayo del sol naciente; se levantó enseguida y, acariciando el cuello de su overo bayo, lo desató y lo llevó al lado del pozo para darle agua.
El animal, como agradeciendo el cuidado, paró las orejas y golpeó el hombro de su dueño, como haciéndole presente que estaba ya dispuesto para la fatiga.
Hecha esta operación, Moreira regresó a las casas, y se encaminó al fogón, donde ya estaban los paisanos alrededor del fuego en que se calentaba el agua para empezar a cebar mate, sin cuyo mate matinal, el paisano es hombre muerto.
Moreira formó parte de la rueda, se reanudó la conversación del día anterior y se empezaron a hacer comentarios sobre la pronta vuelta del amigo Julián, que había prometido regresar esa noche, trayendo las noticias que con tanta ansiedad esperaba Moreira y que debían marcar sus acciones posteriores en la senda en que lo había arrojado la fatalidad.
Se trató de distraer al paisano, pero inútilmente: no había poder bastante para arrancarle su pensamiento.
Así llegó el mediodía, hora de la siesta, y los paisanos se turnaban en sus tareas, de manera que uno de ellos estuviese siempre haciendo compañía al sombrío huésped.