Juan Moreira
Juan Moreira —Una de mis primeras diligencias fue ir a visitar a la Vicenta, con quien me costó mucho hablar, porque en el juzgado sabÃan que yo pudiera ser un mensajero suyo, sospecha que fui bastante ladino para disipar. Después de conversar un rato con ella sobre los últimos sucesos, le dije que no llorara; que todo se habÃa de remediar, porque usted tenÃa buenos amigos; pero Vicenta siguió llorando y me dijo estas palabras, que sonaron en mi oÃdo como una puñalada: «DÃgale a mi Juan que no tenga cuidado por mÃ, y que no vaya a venir a casa, porque lo van a matar, como han muerto a mi padre, diciendo que habÃa pegado una rodada. Que huya lejos, porque don Francisco lo persigue porque era mi marido y no ha de parar hasta que lo mande a la frontera; que esto me lo dijo anoche, que vino a ponerme por condición de que lo dejarÃa en paz si yo me iba con él a un puesto que tiene en Navarro». Al oÃr esta revelación, la voz de Moreira sonó como un trueno al pronunciar una imprecación horrible.
Con una precipitación febril se dirigió a su caballo, que ensilló y enfrenó en un segundo de tiempo y, saltando sobre él con una agilidad vertiginosa, se alejó a gran galope, gritando al amigo Julián, que se habÃa quedado como clavado en el suelo:
—Ahora, ni el mismo diablo es capaz de librarlo de mi puñal.