Juan Moreira
Juan Moreira A eso de las ocho de la noche, Moreira detenÃa la marcha de su caballo a unas tres cuadras de su antiguo rancho.
En su interior habÃa cinco personas, siendo éstas el teniente alcalde, dos soldados de la partida y dos paisanos de la vecindad.
En momentos en que Moreira ocultándose entre las sombras, asomaba su pálida cabeza por las junturas de la puerta, aquellos hombres hablaban de él, sentados alrededor de una mesa de pino, donde se veÃa un frasco de ginebra y dos vasitos.
—Era un buen criollo —decÃa en ese momento uno de los paisanos—; lo que él ha hecho, lo hubiera hecho usted mismo, don Francisco, y cuando un hombre como él se halla en la mala, es preciso darle algún alivio, que demasiado tiene con andar huido del pago.
—No —dijo el teniente alcalde—, lo he de perseguir hasta encontrarlo, y cuando lo encuentre lo he de matar como a un perro; pero antes de matarlo lo he de hacer sufrir alzándome con su mujer, que me ha robado, porque yo me iba a casar con ella, y ya que no ha querido ser mi mujer, será mi gaucha.
El paisano que habló primero iba a responder, pero la palabra se heló en sus labios a impulsos del terror que dominó a aquellos hombres.