Juan Moreira
Juan Moreira —Asà matan ustedes —dijo Moreira, que estaba más sereno mientras mayor era el peligro—, de lejos y sin riesgo —y avanzó al interior de la pieza en dirección al teniente alcalde, que hizo otro disparo tan inútil como el primero.
Moreira siguió avanzando lentamente, protegiendo su cuerpo con los pliegues del poncho.
Y era en verdad magnÃfica su apostura.
Arrogante y soberbio, sonreÃa y miraba a don Francisco como eligiendo el lugar donde habÃa de herirlo. Y era tal el dominio que ejercÃa aquel hombre, que Francisco, a pesar de ser hombre probado, empezaba a tener recelo.
—¿Qué hacen ustedes que no matan a ese hombre? —preguntó el teniente alcalde, dirigiéndose a los dos soldados.
Estos, que estaban estáticos, sintiendo sus simpatÃas inclinarse hacia el paisano, salieron de su aturdimiento, y sacando el sable que pendÃa en sus cinturas, cargaron a una sobre Moreira.
Entonces sucedió una cosa horrible, una escena de sangre y muerte de que aún se conservan allà las mentas.
Como una fiera acosada, ágil y avizor, Moreira levantó el brazo derecho presentando la daga de punta y esperó el ataque.