Juan Moreira
Juan Moreira El duelo a muerte, el verdadero duelo a muerte, sangriento, sin cuartel, dirigido por el odio en que rebosaban aquellos dos corazones, iba a empezar de una manera encarnizada.
A la vista del peligro el teniente alcalde se rehizo por completo.
Ya hemos dicho que era hombre bravo.
Arrojó el revólver como arma que le inspiraba poca confianza y desnudó una espada corta y filosa que usaba como teniente de la partida.
Moreira sonrió, miró fijamente a don Francisco y avanzó a su encuentro diciéndole:
—Vamos a ver el color de sus entrañas, aparcero, y el manejo de su lata vieja.
El choque fue espantoso, como era presumible entre combatientes de valor y animados de un profundo sentimiento de odio sin cuartel.
Ambos vigorosos, ambos bravos, ambos deseosos de terminar cuanto antes, se acometieron frenéticos, confundiendo el ardiente relámpago de la pupila, con el pálido y frÃo relámpago del acero.
El teniente alcalde combatÃa con la desesperación del que ve amenazada su vida por un peligro que sólo ha de evitar su valor y destreza.