Juan Moreira
Juan Moreira Moreira peleaba con la confianza del que se conoce superior al peligro que afronta, y la tranquilidad de su espíritu positivamente intrépido, tranquilidad que no llegaba a vencer la cólera de que estaba poseído ni el deseo vehemente de levantar en su puñal a aquel hombre odiado, causa de sus desgracias.
Por eso se le veía sonriente ante la estocada o hachazo, que evitaba con su poncho hábilmente manejado, y blandía la daga como eligiendo el lugar donde debía sepultarla.
Moreira llevaba sobre su contrario la enorme ventaja de la serenidad, que es la salvación en esta clase de luchas.
Don Francisco había tirado sobre su adversario más de diez golpes, ya de hacha ya de punta, que habían sido diestramente barajados con el poncho, sin que Moreira hubiese tirado una puñalada; parecía que quería fatigar a su adversario para desarmarlo y tenerlo a su merced vencido.
Don Francisco comprendió que prolongar la lucha era morir, y en un movimiento desesperado cayó sobre Moreira con un hachazo terrible.
Moreira puso el poncho, que amortiguó el golpe, y pasando con increíble rapidez su daga a la mano izquierda, arrancó el sable de su enemigo.