Juan Moreira
Juan Moreira Este, sorprendido, retrocedió hasta la pared, pidiendo ayuda en nombre de la justicia a los paisanos que contemplaban la lucha.
Los paisanos no se movieron; estaban dominados por la situación y por el inmenso valor que vieran desplegar a aquel hombre extraordinario.
—No se asuste tan fiero —dijo entonces Moreira a don Francisco—, no lo he desarmado para matarlo, sino para decirle dos palabras que precisaba escuchara usted antes de morir. Usted me ha perseguido sin motivo, reduciéndome a la condición en que me veo; usted me ha golpeado en el cepo, porque no era capaz de golpearme frente a frente; y no contento con esto, usted ha pretendido matarme para hacer suya mi prenda, a quien usted no puede servir ni de taco.
Yo lo voy, pues, a matar a usted, no porque le tenga miedo, sino por evitar en mi ausencia, a Vicenta, el asco de oÃrle una nueva proposición desvergonzada.
Y al concluir estas palabras arrojó a la cara de don Francisco la espada que le quitara, añadiendo:
—Ahora defiéndase, porque va de veras.
Don Francisco se abalanzó sobre su espada, empuñándola con una alegrÃa inmensa; parecÃa que la posesión de su arma le habÃa vuelto todo su valor, todos sus brÃos, enfriados por el último golpe de desarme.