Juan Moreira

Juan Moreira

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Fuera de sí, con los ojos dilatados de una manera feroz, con la boca entreabierta por la ansiedad terrible, don Francisco se lanzó sobre Moreira, amagando tal estocada, que los dos paisanos que presenciaban la lucha lanzaron un débil grito, creyendo que el sable se había sepultado en el pecho de Moreira.

Este, tranquilo siempre, siempre sereno, esperó el golpe cuya llegada apreció matemáticamente; volcó con su poncho hacia la izquierda el sable del teniente alcalde, descubriéndole el pecho anhelante, donde sepultó su daga hasta la S.

—¡Socorro, que me han asesinado! —gritó don Francisco cayendo de espaldas y dejando caer el sable de su mano.

—¡Mientes, trompeta —dijo Moreira—, te he muerto en buena ley, y ahí quedan los testigos! Y para terminar de una vez, buscó con una mirada llena de avidez, el sitio donde estaba el corazón de aquel hombre, y sin el menor escrúpulo le dio la puñalada de gracia.

Moreira miró a los cadáveres tendidos en el suelo, levantó la vista hacia los paisanos enmudecidos por el asombro, y envainó tranquilamente la daga, mientras tomaba la dirección de la puerta.

Al llegar al umbral retrocedió un paso, y llevó nuevamente la mano a la cintura, al ver a un hombre que acababa de llegar y que estaba de pie, mirando aquella escena de luto y muerte.


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