Juan Moreira
Juan Moreira Pero Moreira retiró la mano de su puñal, al conocer al recién venido.
Era el amigo Julián, que habÃa llegado sin ser oÃdo y que le tendÃa la mano, después de secar con ella una lágrima que habÃa asomado a sus párpados.
—Tiene usted más entrañas que un toro, amigo Moreira; es lástima que usted esté mal con la justicia, porque nos vamos a quedar sin partidas.
Moreira, sin contestar una palabra a este sarcasmo dicho con una gracia de la tierra, apretó la mano de Julián y ambos salieron del rancho, dejando allà tres cadáveres y dos vivos a quienes se hubiera tomado por muertos.
Moreira y Julián se dirigieron al sitio donde el primero habÃa dejado su caballo, en cuyo apero frotaba su fatigada cabeza el pingo de Julián, que dejado por éste a corta distancia, habÃa caminado hasta el caballo a quien conocÃa desde la vÃspera.
Cuando estuvieron allÃ, Moreira se abandonó por completo a toda la melancolÃa de su espÃritu; tal vez se reprochaba Ãntimamente lo que acababa de hacer.
—Ahora —dijo a Julián—, ya se ha acabado todo para mÃ; las partidas saldrán a matarme y no tendré más camino que ganar los indios.
—Dios le ha de ayudar, amigo —respondió sentenciosamente Julián—, porque la justicia está con usted, desde que a usted lo han obligado a hacer esto.