Juan Moreira
Juan Moreira —Para el gaucho no hay justicia, amigo Julián, y la que no me hago yo, no me la ha de hacer nadie —y el paisano sonrió dejando ver sus blanquÃsimos dientes—. Ya no hay que mezquinar el cuerpo —concluyó—; ahora me va usted a hacer el último servicio.
—Mande como si fuera su peón, amigo Moreira, para servirle he venido.
—Vaya a ver si puede hablar a Vicenta —dijo el paisano—, la partida va a salir a la bulla de lo sucedido y no va a haber quien vigile. Cuéntele lo que he hecho y dÃgale que ya no tiene que temer nada de aquel hombre, que yo velaré por ella desde donde me lleve el destino, y que antes de irme, voy a hablar con mi compadre Giménez, para que la atienda en lo que precise. Mi perro, que es la única prenda que podré llevar conmigo a donde me empuje la suerte, debe estar con ella, porque no lo he visto en casa, dÃgale que me lo mande, que me lo quiero llevar; yo lo espero en lo de mi compadre.
El paisano Julián cinchó y saltando a caballo se alejó en dirección al juzgado, mientras Moreira saltaba ágil sobre el overo y tomaba el camino de lo de su compadre, con la mayor lentitud que le fue posible.
Moreira abatió la cabeza sobre el pecho y se abismó en su pensamiento.