Juan Moreira
Juan Moreira Dos lágrimas ardientes cruzaron todo el largo de su cara, y entonces con una desesperación creciente, al pensar en Vicenta, castigó al overo que partió como una exhalación.
Había comprendido que en esa situación no debía dejarse abatir por el dolor, pues tal vez esa noche necesitaría la entereza de todo su espíritu.
Cuando llegó al rancho, su compadre Giménez no había vuelto desde la víspera.
Moreira echó pie a tierra y decidió esperarlo.
Mientras él estaba allí, podía llegar la partida de plaza que tal vez anduviera ya buscándolo, pero se sentía con suficiente fuerza y coraje para combatir contra todas las partidas de la campaña sud.
Se sentó en uno de los palos de la tranquera, con la rienda en la mano, y se entregó por completo a pensar en Vicenta y Juancito.
¿Qué sucedía entretanto, en el Juzgado de Paz, a donde se había dirigido Julián? Los paisanos que quedaron en el rancho se habían rehecho y se habían presentado a llevar el parte de lo sucedido.
Inmediatamente, el juez de paz, seguido de la partida, compuesta de ocho soldados que quedaban y el capitán, se habían dirigido al lugar del suceso, creyendo inocentemente que aún podían prender al gaucho, que esperaría allí tal vez envalentonado con su triunfo.