Juan Moreira
Juan Moreira Se corrió a buscar al médico del pueblito, para que reconociese los cadáveres y prestara los auxilios de la ciencia, inútil ya, pues cada herida de los cadáveres era una herida forzosamente mortal.
Esa noche fue empleada en velar aquellos muertos y hacer los sencillos preparativos para sepultarlos al dÃa siguiente, preparativos que consistÃan en mandar al pueblo por tres cajones de pino y dar aviso al sepulturero para que cavara las tres fosas que habÃan de recibirlos.
Al dÃa siguiente, los restos de aquella partida de plaza, compuesta de los ocho soldados y el capitán, salieron en busca de Moreira, que no debÃa estar lejos, mientras el Juez de Paz, acompañado de los vecinos, se ocupaba en sepultar los cadáveres y redactar el parte que debÃa pasar al Juez del Crimen.
Moreira y Julián habÃan hecho noche en una pulperÃa situada a dos leguas de distancia del pueblo en dirección al Salto.
Allà Julián habÃa hecho un gran gasto de elocuencia, aconsejando al paisano que huyera, pues la partida habÃa de llegar de un momento a otro.
Pero todas las reflexiones de Julián se estrellaban ante la temeraria resolución de Moreira que le habÃa dicho tranquilamente: