Juan Moreira
Juan Moreira HabÃa arrojado al suelo sus pistolas, inservibles ya, y en su diestra poderosa se veÃa relucir la daga de ancha y filosa hoja.
Moreira se deslizó a lo largo del caballo hacia el pescuezo, y vino a quedar al costado derecho del soldado que marchaba el último, siguiendo la vuelta que ejecutaban los otros para salirle por el anca del overo.
—Ahora te toca a ti —dijo Moreira, sepultando su daga hasta la S en el vientre del soldado, que fue a caer de espaldas al lado del sargento, dejando oÃr un prolongado y lastimero quejido, seguido de estas palabras:
—¡Dios me ayude! La caÃda de este soldado concluyó de desmoralizar por completo a la partida.
Los seis que quedaban revolvieron sus caballos, huyendo de la daga de Moreira que, siempre recostado a su caballo, los acometÃa poderosamente, y echaron a disparar a todo lo que daban los mancarrones.
—¡Oiganle a la maula! —gritó Moreira, saltando sobre su caballo, que tembló al sentir el peso del jinete—. Asà son todos esos puercos —añadió soltando una poderosa carcajada y amenazándoles con la daga que conservaba en la mano—: Cuando uno les hace una merma, disparan como avestruces.
El Cacique ladraba alegremente participando de la alegrÃa de su amo.