Juan Moreira

Juan Moreira

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En seguida, y siempre sonriendo, picó los ijares del caballo con la lujosa espuela y se acercó a los cadáveres.

El capitán y el soldado estaban muertos.

El sargento respiraba con suma dificultad y oprimía nerviosamente el costado derecho, que vertía abundante sangre.

Moreira echó pie a tierra, envainó la daga y, conservando en la mano la rienda del overo, examinó detenidamente al herido.

—No es nada, compañero —le dijo—; de peores que ésta he visto librarse un hombre, —y acercándose a la reja pidió un vaso de caña, que el pulpero le sirvió como una máquina, pues, como los demás paisanos, aún no había vuelto de su asombro.

Moreira se acercó al herido, le echó en la boca un trago de caña, le lavó la herida y, empapando en el resto de la caña un pañuelo que le desató del cuello, se lo colocó sobre la herida a manera de compresa, diciéndole:

—Esto le dará ánimo, mientras lo llevan al pueblo y le sacan la bala; que no se diga que Juan Moreira es un salvaje que no tiene compasión por los hombres vencidos.

Y se dirigió con el caballo de la rienda hacia la pulpería.


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