Juan Moreira
Juan Moreira —Dios le proteja como hasta aquÃ, amigo Moreira —respondió Julián—, porque usted es el hombre más guapo que he conocido en mi vida. Ahora lo van a perseguir como a cosa mala, y se van a echar detrás de usted todas las justicias de la campaña.
—Y a todas las pelearé —dijo el gaucho, con una fiereza suprema—. Yo no tengo nada en el mundo: mi hacienda se la habrán repartido; mi mujer y mi hijo ya no los volveré a ver más; no tengo otro camino que pelear con las partidas hasta que me maten, que será para mà un dÃa de placer, porque habré concluido de penar.
Y al decir esto el paisano se habÃa enternecido de tal modo que se vio obligado a secar con el poncho un par de lágrimas que rodaron por sus temblorosas mejillas, dando a su cara, hermosa y varonil, una expresión de ternura infinita.
Aquel hombre, que acababa de combatir contra nueve sin conmovérsele un solo músculo, una sola fibra; aquel hombre, cuyo corazón no habÃa temblado ante la muerte con que se le amenazó, se conmovÃa hasta las lágrimas ante el recuerdo de su mujer y su hijo, recuerdo que avasallaba su corazón de bronce.
Es que en Moreira no habÃa tela de un asesino, ni su conducta obedecÃa a mezquinos móviles.