Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Sólo nuestra fuerza de voluntad pudo salvarnos, haciéndonos sobrevivir a todas las torturas de aquella noche. No estaba muy lejana el alba, cuando el hotentote Ventvögel, cuyos dientes no habían cesado de chocar produciendo un continuo castañeteo, exhaló un profundo suspiro, después del cual guardó un silencio absoluto. Al pronto no paré mi atención en tal cosa, creyendo se había quedado dormido, pero su espalda, que se apoyaba contra la mía, enfriándose rápidamente, llegó a hacerme sentir la misma impresión del hielo.
Por fin las tinieblas empezaron a desaparecer; suaves rayos difundían por doquiera su indecisa luz, aumentando gradualmente en intensidad, hasta que convertidas en esplendentes haces al asomarse el sol, cruzaron veloces por encima del desierto, para derramar su claridad sobre el triste grupo de unos cuantos hombres medio helados, en derredor de un cadáver: el de Ventvögel, que duro como una roca, estaba en la misma posición en que la muerte le sorprendiera. Infeliz, ya no me extrañó la excesiva frialdad de su espalda. Horrorizados, pues generalmente causa este raro efecto la compañía de un cadáver, nos apartamos de él, que continuó sentado y con los brazos fuertemente ceñidos alrededor de las rodillas.