Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Para esta hora el sol inundaba de luz la entrada de la gruta, y sus fríos rayos (pues allí perdían todo su calor), disipaban la sombría obscuridad, que dentro de ella apenas debía ser interrumpida. De repente, alguien dejó escapar una exclamación de terror, y volviéndome hacia el fondo de la cueva, vi a un hombre sentado, con la cabeza inclinada sobre el pecho y caídos los largos brazos; a poco me convencí de que era un cadáver, y para mayor asombro, el cadáver de un europeo.
Los demás también lo vieron, y como el espectáculo era demasiado fuerte, para nuestros destemplados nervios, nos arrastramos presurosos, con la celeridad que nuestros medio helados miembros permitían, fuera de aquella pavorosa tumba.