Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Bien —continuó sir Enrique— mi hermano poseía de su propia cuenta, en aquella época, unos escasos millares de pesos; sin decirme una palabra, reunió esta mezquina suma y, tomando el nombre de Neville, marchó para el África Austral con la loca esperanza de hacerse una fortuna: así lo supe más tarde. Pasaron como tres años sin que lograra recibir noticia alguna de él, aunque le escribí varias veces, sin duda mis cartas no llegaron a sus manos. Pero a medida que el tiempo transcurría, mi inquietud por su destino aumentaba más y más; conociendo por experiencia, señor Quatermain, que la sangre no es tan muda como el agua.

—Nada más cierto —afirmé por mi parte pensando en mi hijo Enrique.

—Comprendí, señor Quatermain, que hubiera dado gustoso la mitad de mi fortuna por saber que mi hermano Jorge, el único pariente que me resta, vivía sano y salvo, y que algún día había de volver a verle.

—¡Pero nunca lo hizo usted, Curtis! —exclamó rudamente el capitán Good, mirando a la cara de su amigo.



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