Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Quemado por sus palabras, cargué mi rifle y esperé hasta que el aludido individuo se separó unos diez pasos de su gente, acompañado por un ordenanza, para examinar nuestra posición; entonces, acostándome boca abajo en el suelo y apoyando mi arma en una roca, le apunté cuidadosamente. Como la mira sólo llegaba a trescientas cincuenta varas, calculando a ojo la caída de la trayectoria, dirigí la línea de puntería al centro de su cuello para que la bala lo hiriera en el pecho. Nuestro hombre permanecía inmóvil, circunstancia en extremo favorable para mí; pero, fuera a causa del viento o bien que mi blanco en realidad estaba a tiro muy largo, he aquí lo que ocurrió. Dándolo por cosa hecha en mi interior, apreté el disparador y cuando el humo se disipó, vi con tamaña contrariedad, que continuaba en pie sin injuria alguna, mientras que su ordenanza, a unos tres pasos a su izquierda, había rodado sobre la hierba, en apariencia muerto.

El jefe a quien dedicara mi caricia dio media vuelta y corrió desoladamente hacia su fuerza.

—¡Bravo, Quatermain! —gritó Good— buen susto le ha dado usted.



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