Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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Me cegué de cólera, pues nada me molesta tanto como errar un blanco en público. Cuando uno tiene solamente una habilidad, pone todo su amor propio en conservar la reputación que por ella haya adquirido; así, pues, desesperado por mi fracaso, arriesgueme a una verdadera temeridad. Cubrí al citado jefe en su precipitado escape e hice fuego en un abrir y cerrar de ojos, con el segundo cañón de mi arma. El pobre diablo alzó los brazos y cayó de boca en el suelo. Esta vez había sido certero; y, lo digo como prueba de lo poco que nos ocupamos de los otros cuando nuestro orgullo o nombre están interesados en un asunto; fui lo bastante bruto para sentirme extremadamente complacido con aquel espectáculo.

Nuestros regimientos atronaron el espacio con sus alegres gritos al presenciar la hazaña de la magia de los hombres blancos, la cual tomaron por feliz augurio; mientras que el regimiento enemigo, acobardado por la pronta muerte de su jefe, retrocedió desordenadamente. Sir Enrique y Good empuñaron sus rifles y comenzaron a tirotear, el último diligentemente con un Winchester de repetición, sobre la densa masa que estaba a nuestro frente; yo también contribuí con uno o dos disparos más, logrando, como por la vista nos fue dable juzgar hacerles ocho o diez bajas antes de que se pusiera fuera del alcance de nuestro plomo.


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