Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón No quiero relatar nuestras impresiones durante la ascensión, emprendida aquella misma mañana: la imaginación de mis lectores las concebirá mejor que yo puedo describirlas. Al cabo nos aproximábamos a las maravillosas minas, causa de la muerte del antiguo fidalgo portugués, de la de mi pobre amigo su infortunado descendiente, y también, según temÃamos, de la de Jorge Curtis, el hermano de sir Enrique. ¿Estábamos predestinados, después de tantos obstáculos vencidos, a no tener suerte mejor? La desgracia cayó sobre ellos, como decÃa la endemoniada vieja Gagaula, y ¿caerÃa sobre nosotros también? En el fondo, la verdad es que, a medida que recorrÃamos aquel último trozo del magnÃfico camino, un temor supersticioso avasallaba mi ánimo, y, a mi parecer, inquietaba no menos a sir Enrique y a Good.
Durante hora y media o más, impedidos por nuestra excitación, caminamos tan deprisa que los conductores de la litera de Gagaula no podÃan seguirnos el paso, y ésta hubo de gritarnos que la esperáramos.
—Más despacio, más despacio, hombres blancos —dijo sacando por entre las cortinas su horrible y repugnante cabeza y clavando sus vivaces ojos en nosotros— ¿por qué corréis al encuentro de vuestro mal, vosotros, los buscadores de tesoros? —y lanzó una siniestra carcajada, que me produjo un escalofrÃo y amortiguó nuestro entusiasmo.