Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón En el primer momento, a la mezquina luz de la lámpara, distinguimos una habitación abierta en la roca viva, aparentemente en cuadro con diez pies por lado. Enseguida percibimos, apilados hasta el techo, en magnÃfica colección, gran cantidad de colmillos de elefante. Imposible era calcular cuántos habÃa, porque no sabÃamos el número de rimeros ocultos detrás del primero; pero en éste se descubrÃan por lo menos los extremos de cuatro a cinco centenares de primera calidad. El marfil allà amontonado era suficiente para hacer la fortuna del hombre más ambicioso. Tal vez, pensé yo, este mismo depósito proveyó al sabio Rey, con el material necesario a la construcción de «su gran trono de marfil» de aquel trono que no tuvo, ni ha tenido rival en reino alguno.
A la pared opuesta estaban también en rimero una veintena de arquillas de regular tamaño pintadas de rojo.
—Ahà están los diamantes —grité— traed la luz.
—Sir Enrique lo hizo asÃ, acercándola a una de las superiores, cuya tapa, deteriorada por el tiempo, a pesar de lo seco de aquel lugar, estaba rota, probablemente por la mano de da Silvestre.
Introduje la mÃa por uno de los agujeros en ella abiertos y la retiré con un puñado, no de pedrerÃa pero sà de monedas de oro, cortadas en forma que nunca habÃamos visto y estampadas en ambas caras con caracteres al parecer hebreos.