Las Minas del Rey salomón

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—¡Ah! —exclamé volviendo las monedas a su sitio— a la postre no nos iremos con las manos vacías. Cada arquilla debía contener un par de millares de piezas y sumaban hasta dieciocho. Supongo que este dinero se destinaba al pago de los trabajadores y comerciantes.

—Bien —dijo Good— pienso que esto es cuanto hay; no veo diamantes, a menos que, el antiguo portugués los pusiese todos en ese saco.

—Busquen, mis señores, allí en donde está más obscuro, si quieren encontrar las piedras —dijo Gagaula, quien, por nuestras miradas, comprendió lo que decíamos—. Allí mis señores verán, en un rincón, tres cajas de piedra, dos selladas y una abierta.

Antes de traducir su aserción a sir Enrique, no pude menos de preguntarle ¿cómo sabía tales cosas, si nadie, después de da Silvestre, había entrado en aquel lugar?

—¡Ah! Macumazahn, el que siempre está alerta —contestome burlonamente— ¿vosotros los moradores de las estrellas, acaso no sabéis que hay ojos que ven a través de la roca?

—Curtis, busque en esa esquina —dije, indicándole el mismo sitio señalado por Gagaula.

—¡Hola! muchachos, di con un escondrijo. ¡Santos Cielos! miren aquí.


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