Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Corrimos hacia él y nos hallamos enfrente de un nicho abierto en la pared; en su fondo, pegados a ésta, se veÃan tres arquillas de piedra, cada una de dos pies cuadrados en la base y algo más de uno de altura. Dos estaban cubiertas con tapas de igual materia, la tercera tenÃa la suya a un lado.
—¡Mire! —repitió con voz enronquecida, paseando la lámpara por encima de la destapada arquilla. Clavamos en ella nuestros ojos y durante un momento, deslumbrados por los brillantes reflejos que los herÃan, no nos dimos cuenta de lo que veÃamos. Pasada la primera impresión, acostumbrados a las ráfagas que en un principio nos cegaron, reconocimos que la arquilla estaba en sus tres cuartas partes cuajada de diamantes en bruto, casi todos de considerable tamaño. Me incliné y cogà algunos. SÃ, no cabÃa duda, tenÃan al tacto la inequÃvoca suavidad del jabón.
Los dejé caer, exhalé un profundo suspiro de satisfacción y exclamé:
—¡Somos los hombres más ricos del mundo, Monte-Cristo a nuestro lado es un pobrete!
—Vamos a inundar el mercado con diamantes —añadió Good.
—Sà —observó sir Enrique— pero ante todo es preciso llevarlos a él.