Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Y mirándonos con el rostro pálido, y la linterna en alto sobre la fulgente pedrerÃa, nos detuvimos indecisos, como si fuéramos malvados a punto de cometer un crimen y no, cual pensábamos, los hombres más afortunados de la creación.
—¡Hi! ¡hi! ¡hi! —prorrumpió Gagaula, a nuestras espaldas, saltando de un lado a otro como aciago vampiro. Ahà tenéis las piedras relucientes tan amadas por vosotros, hombres blancos, ahà tenéis tantas cuantas queráis; cogedlas, bañaos las manos en ellas, comedlas, ¡hi! ¡ hi! bebedlas, ¡ah! ¡ ah! Sonome tan ridÃculo aquello de comer y beber diamantes, que rompà a reÃr ruidosamente, y a mi ejemplo, mis compañeros también, aunque sin conocer la causa. Permanecimos asÃ, carcajada tras carcajada, enfrente de aquellas piedras preciosas, ya nuestras; piedras que miles de años hacÃa, pacientes mineros habÃan extraÃdo del gran pozo, y, atesorado allÃ, para nosotros, el superintendente de Salomón, cuyo nombre, no serÃa difÃcil representaran los caracteres impresos en la amarillenta cera aún adherida a las tapas de las otras arquillas. Ni Salomón, ni David, ni da Silvestre, ni nadie lograron poseerlos. Nosotros los tenÃamos en nuestras manos. SÃ, millones de libras en diamantes, y millares, en oro y marfil, esperando solamente a que los sacáramos de aquel lugar.
Por fin terminó nuestro acometimiento de risa y cesaron las carcajadas.