Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—Abrid las otras, hombres blancos, graznó, que no dijo Gagaula, en ellas hay de seguro más. ¡Saciad vuestro apetito, blancos señores!

Obediente a la indicación, tiré de las tapas de las restantes arquillas, después de romper, lo que me supo a sacrilegio, los sellos que las aseguraban.

¡Bravo! también llenas y hasta el tope, por lo menos la segunda; no en balde el mal aventurado fidalgo henchía pellejos de cabrito con el contenido de ellas. La tercera holgaba en sus tres cuartas partes, pero en la del fondo se hacinaban piedras escogidas; la menor de veinte quilates, y algunas como huevos de paloma. Varios de estos solitarios, sin embargo tenían, según observamos, acercándolos a la luz aguas amarillas, que disminuían su mérito.

Y mientras tanto, lo que no observamos fue la horrible mirada de odio con que nos favoreció la perversa vieja, al deslizarse, arrastrándose como un reptil, fuera de la recámara del tesoro y pasillo que a ella conducía.

¡Escuchad! Resonando en la abovedada galería llegan a nosotros atropellados gritos de espanto que nos hielan la sangre. ¡Es la voz de Foulata!

—¡Oh, Bougwan! ¡ven! ¡ayúdame! ¡la roca está bajando!

—¡Suelta, muchacha! ¡Toma!

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡me ha dado una puñalada!


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