Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Al oÃr los últimos alaridos, corrÃamos a todo escape por el pasillo y he aquà el cuadro que la luz de la lámpara iluminó. La enorme roca que cierra la entrada descendÃa lentamente y sólo distaba tres pies del piso. Cerca de ella luchaban Gagaula y Foulata. La sangre de ésta bañaba su cuerpo y corrÃa por sus piernas; pero aún la valiente joven agarraba a la bruja endemoniada que se revolvÃa furiosa, como un gato montés. ¡Ah! ¡al fin se liberta de las manos que la aprisionan! Foulata cae, y Gagaula, echándose al suelo, gatea hacÃa afuera por el decreciente espacio que deja libre la enorme y pesada piedra. Está bajo ella, avanza y…
¡Oh, Dios! ¡le falta tiempo! ¡es demasiado tarde! La descendente mole la sujeta, la oprime y ella grita desesperada, presa de terror. Y baja más y más, y sus treinta toneladas prensan y comprimen las secas carnes de la vieja contra la roca inferior. Chilla, como jamás he oÃdo chillar; rechinan, crújenle los huesos y con un repugnante estallido, con un horroroso crach, cae la maciza compuerta y cierra herméticamente la salida, en el mismo instante en que llegábamos junto a ella.
Todo ocurrió en cuatro segundos.
Entonces acudimos a Foulata. La pobre muchacha habÃa sido herida en el pecho y a primera vista conocà que le restaban pocos instantes de vida.