Las Minas del Rey salomón

Las Minas del Rey salomón

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—¡Ah! ¡Bougwan, me muero! —exclamó débilmente la preciosa criatura. Ella, Gagaula, salió, yo no la sentí, estaba medio desmayada… y la puerta empezó a bajar; entonces volvió y miró hacia adentro… yo la vi entrar; y la cogí, no la dejé escapar y me hirió, y me muero, Bougwan.

—¡Oh, Foulata! ¡Oh, Dios! —exclamó Good acongojado, estrechándola en sus brazos y cubriéndola de besos.

—¿Bougwan —preguntó la joven después de un corto silencio—, Macumazahn está aquí? se ha puesto tan obscuro que ya no puedo ver.

—Aquí estoy, Foulata.

—Macumazahn, habla por mí, te lo ruego, porque Bougwan no puede entenderme, y quisiera, antes de callar para siempre, decirle unas palabras.

—Dilas, Foulata, que yo se las repetiré.

—Di a Bougwan, mi Señor, que… le amo, y muero dichosa, porque le amo sin esperanzas, que el sol no se aviene con la noche, ni el blancor con la negrura.


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